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martes, agosto 09, 2005

Washington DeLuxe (New York I)

Había leído y oído mucho sobre los Chinatown buses que te llevan por cuatro perras del barrio chino de Boston o Washington a Nueva York, por ejemplo. Más tarde me informaron de que los judíos ofrecían servicios similares. Así, reservé –sin comprar- un billete en la web de Washington DeLuxe. Y el viernes pasado me junté con otros 60 en una esquina donde no había ni cartel, ni parada, ni nada.

Hora a la que había que presentarse para asegurar asiento gracias a la reserva: 16:15. La clavé.

Y la verdad, había un autobús allí, con un señor negro dejando claro que él era el conductor, pero sin aclarar dónde iba a meter a los 60, porque el autobús ya lo tenía lleno desde hacía un rato. Hora prevista de salida: 16:30.

A las 16:40 el autobús se pira diciendo que van a venir otros dos a por más gente. Diez minutos de desconcierto después, vinieron dos autobuses. Se bajan los respectivos conductores y empiezan a discutir entre ellos delante de la gente:

- Vengo perdiendo aceite desde Nueva York, yo no puedo volver hoy. No llego.
- Pues yo estoy sin aire acondicionado. Y toda esta gente no cabe en el mío.

En ese momento, a 97% de humedad, por encima de 30 grados, después de cargar y esperar con una bolsa y un portatrajes, sin haber comido, totalmente empapado en sudor… realmente pensé qué carajo de vida… en fin.

A las 17:15 el autobús sin aire decide dejar subir a gente. El proceso es tal que así: empujándose unos a otros, se le enseña la reserva al conductor, que ni la lee, si no que agarra tu bulto, lo tira ahí debajo, y te manda subir al cacharro, que me recordaba, y mucho, al autobús malo de los 17 que había en mi colegio en los 80, ése que tocaba de vez en cuando, que parecía que lo repartían para que nadie se sintiera de menos.

La verdad es que yo quería ir a Nueva York, así que me monté sin demasiados problemas ante las dudas de quienes miraban al segundo autobús –con aire pero sin aceite- que, al final, también hizo el viaje, al menos el principio.

Hora de salida: 18:15. Hora y tres cuartos de retraso, para amarrar el atascazo del viernes por la tarde claro. El señor conductor levanta la voz para que se le oiga por primera vez:

- New York. One way, 20 dollars. Round trip: 35 dollars. Have your money ready.

Y se pone a recaudar. A los round-trip nos da un cartoncito amarillo para la vuelta. También nos avisa de que una vez en autopista, lo del aire no va a ser un problema.

Y es que el asunto tenía su matiz. Aire salía, y en marcha, con cierta potencia, aunque no muy frío. Si no dice nada, yo casi ni me quejo. Pero no era suficiente y el tipo decide cumplir lo prometido. En un semáforo abre un hueco del techo.

Tras 40 minutos de autopista semi-colapsada, empezamos a coger velocidad, el aire a circular… y nos metemos en la tormenta de casi todas las tardes. Se pone a llover como llueve cuando llueve de verdad. Un fenómeno se sube para cerrar el techo, pero el artista lanza la tapa 180 grados hacia atrás, imposible de cerrar en marcha.

Entre que sí y que no, que encuentro donde parar, como 6 filas de asientos acabaron empapados. El tipo para debajo de un túnel, en mitad de la autopista, casi sin arcén… cuatro horas después no me creía que nos hubiera llevado hasta Penn Station. Bueno, hasta una lateral de la estación, porque otra vez, ni parada reglamentaria, ni nada. Al pie del hotel New Yorker.

1 Comentarios:

At miércoles, 10 agosto, 2005, Anonymous charly apunta...

Qué fenómeno, con lo bien que te había quedado lo de "como no hay mucho que hacer, me piro a NY", nos ha jodido...

Esas experiencias son impagables,mucho más sin aire acondicionado.

 

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